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Roberto Juarróz
Argentina
No todo hombre posee
la sustancia suficiente
para ser una incógnita.
Pocos pueden
trazar el signo inicial
de una interrogación.
Menos aún son capaces
de estampar el signo que la cierra.
Casi nadie puede leer una pregunta.
Nadie es capaz de responderla.
Tal vez convenga entonces abolir las preguntas
o borrar por lo menos sus signos
como una redundancia del lenguaje.
O desviar esta equívoca corriente
hacia un cauce adecuado,
porque aquí ya nos basta con saber
que no sólo no hemos merecido las respuestas
sino que además no hemos merecido
ni siquiera las preguntas.
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